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Buenos Aires, Argentina
Nacida en Castelar, Gran Buenos Aires. 29 años (ahora tengo 30), soltera, trabajo en una agencia de publicidad interactiva. Estudio marketing (ya no estudio, en realidad). Vivo con mi hermana y nuestro perro, Orson (ahora vivo en Santiago de Chile. Estoy recién llegada. Mi hermana vive con Emiliano, su novio y Orson con mi mamá. Los extrañaré a los dos -Orson y Rocío-...bueno, a mamá y Emiliano también).

Monday, February 22, 2010

Mi Dieta y Yo: haciendo un poquito de catársis digital

Hoy fue un día esclarecedor en lo de mi nutricionista. Le fui a plantear el ponerme un balón intragástrico. Eso es, literalmente, un globo en la panza que actúa de 3 maneras: ocupa una tercera parte del estómago, llenándolo; está ubicado justo abajo del "dispositivo" que da la orden de saciedad al cerebro y, finalmente, por su posición estimula la secreción de una glándula que libera grelina, la hormona del apetito. Mi doctor (con buen criterio, por suerte) me dijo que él no había practicado este tratamiento con ninguno de sus pacientes y que se iba a poner en campaña para averiguar mejor de qué se trataba.

Y como un flash back recordé tooodas las sesiones de tortura dietil que tuve en mi vida. Creo que mi primer recuerdo respecto de esto es de los 5 o 6 años. Mi pediatra, el Dr. Taranto (que por su apellido con mis hermanos llamábamos "tarántula") se puso feliz porque había bajado de peso y no tuvo mejor idea que pasearme en bombacha, en tetillas, por toooodo el centro pediátrico mostándole a las enfermeras mi progreso. A mí me dio una terrible vergüenza. Me acuerdo que iba de su mano y me transpiraban los deditos...

El siguiente capítulo penoso que guardo en mi memoria ya pertenece a mi pubertad. Tenía unos 11 años. Estaba haciendo un tratamiento con una doctora buenísima que me hacía anotar toooodo lo que comía. Sí, si: TODO. Si me comía 1 rodaja de salamín, lo tenía que anotar. Era un poquito obsesivo...pero yo obedecía. La cosa fue que había bajado muuuchos kilos. En un recreo del colegio a uno de mis compañeros se le ocurrió leer, sin permiso, claro, la libreta, y reírse de eso. Sí, sí los niños son soretes, y siempre entendí a los psicópatas yankis cuando van con un arma y vuelan de un plumazo a sus compañeritos...En fin, una de las compañeritas, que no era sinceramente buena, sino simplemente una buchona, me vino a decir lo que pasaba. Entonces entré en el aula como si me llevara un demonio, le agarré al pibe una de esas cartucheras astronómicas que sacaban la tijerita de un costado, la goma de borrar del otro, y así, y se la revolee por el aire y se la hice mierda. Se desconotroló todo. Nos llamaron a todos. Yo lloraba...a mares. Le pusieron amonestaciones a todos. Pero a mí por suerte no.

Unos años más tarde, nos tocaría tener de orientador del curso (nefasta figura que solo pueden inventar en el colegio donde fui) a un chico macrobiótico. No saben la cara de infeliz que tenía. Yo creo que era la fatalidad de tener que comer porotos de soja y lentejas tan seguido. Nunca me voy a olvidar de una anécdota que contó sobre sus vacaciones en el Sur. Había ido a escalar el Lanín y en una de las paradas descubrió que algún excursionista había dejado residuos, creo que era una botella descartable de gaseosa...Él tuvo el buen criterio de levantarla y llevarla en su mochila para tirarla después en la ciudad. Pero lo gracioso fue que dijo, supurando candidez: "ese día, sentí que salvé a la montaña". Les juro que me acuerdo y me estalla una carcajada al estilo Cruela de Vil. Me dio mucha gracia esa expresión, y siempre pensé, a este pibe los granos lo están afectando...

Más tarde, ya egresada, empecé un tratamiento en Dieta Club. Recuerdo que me parecía patético tener que escuchar los problemas de otros gordos loosers como yo. Me resultaba insoportable que me dijeran que después de un alfajor del Dr. Cormillot se tomaban 1 litro de agua para drenarlo mejor y no sé qué sarta de pelotudeces que ningún profesional matriculado avalaba. La líder del grupo era una gorda recuperada que llevaba enquilosada ahí tantos años que creía tener autoridad para hablar idioteces.

Y desde ahí hasta ahora, ha habido mejores y peores momentos. Es una lucha hacer dieta. No me gusta. No me gusta ir al gimnasio (no coordino los pasos de baile de la drogada de la profesora). Me provoca frustración tener que comer una hamburguesa casera y nada más, por ejemplo.
Pero hasta que haya alguna solución mejor habrá que mentalizarse para encontrar ricas las galletas de arroz (alias tergopol) que son las que realmente NO engordan!

3 comments:

Nuri148 said...

yo tenía una compañera del curso de alemán q usaba el balon, sólo te puedo decir MUCHO OJO, pq esta piba era una bulímica técnica: un bocado de más y su estómago -lleno del balón- mandaba todo para afuera. O sea, el balón no te va a hacer zafar de la dieta, pq vas a tener que cuidar todo lo q comes paa compensar nutrición con volumen ingerido.

Lo de la cara de infeliz de los macrobióticos es 100% cierto. :s

Karle said...

Mira.... sea la técnica que sea al final... Cuentas con el apoyo de tus amigos! Haz lo que te haga sentir bien, que aquí estamos nosotros para acompañarte en el camino que elijas. Y punto.
;)

Rocío González said...

Sergio (el profesor macrobiótico) no tenía cara de infeliz!!! jajajaja...bueno, puede que un poquito sí, pero creo que era más el hecho de que estaba atrapado con una horda de adolescentes insoportables y crueles, cuando el flaco sólo quería reflexionar acerca de la alegoría de la caverna de Platón...
Sí, las dietas son una mierda pero yo te banco a muerte tuti!!!La alfombrita negra - alias Orson- y yo te queremos!!!!!!!!!!muac!